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6 de octubre de 2026 · 6 min de lectura

Cómo dejar de buscar la aprobación de los demás (sin volverte frío ni distante)

Por Santi Lorenzo

Mandas un mensaje y lo relees tres veces antes de darle a enviar.

Dices que sí a un favor que no te viene bien, y te pasas el resto del día enfadado contigo. Sales de una reunión repasando si lo que dijiste sonó bien. Tomas una decisión y, antes de contarla, ya estás calculando la cara que va a poner tu madre, tu pareja o tu jefe.

Por fuera eres una persona funcional. Puede que incluso alguien a quien los demás llaman cuando necesitan algo.

Por dentro llevas años pidiendo permiso.

No es que seas inseguro

Lo primero que piensa alguien que se reconoce en esto es que le falta carácter. Que es demasiado blando. Que debería dar más igual lo que opinen los demás.

Y ahí se añade un segundo problema: a la necesidad de aprobación le sumas el desprecio hacia ti por tenerla.

Pero fíjate en una cosa. Si fuera cuestión de carácter, ya lo habrías resuelto. Carácter has tenido para cosas mucho más difíciles: has sostenido trabajos duros, has cuidado de gente, has aguantado situaciones que a otros les habrían podido. No te falta fuerza.

Lo que pasa es que la estás usando en la dirección equivocada: en sostener una imagen, en vez de en sostenerte a ti.

Qué es en realidad la necesidad de aprobación

Durante la mayor parte de la historia, que tu grupo te rechazara era una sentencia. Solo no comías, solo no te defendías, solo no sobrevivías. Pertenecer no era una preferencia: era una condición para seguir vivo.

Esa alarma sigue instalada. Por eso una mirada rara en una reunión te deja el cuerpo revuelto una hora, aunque racionalmente sepas que no pasa nada.

Y encima de esa base común, cada uno construye la suya. En algún momento aprendiste que el afecto venía con condiciones:

  • Aprendiste que cuando sacabas buenas notas, en casa había paz.
  • Aprendiste que cuando no molestabas, te querían más fácil.
  • Aprendiste que si te adelantabas a lo que el otro necesitaba, no había bronca.
  • Aprendiste que había una versión tuya que gustaba, y otra que era mejor no sacar.

Ninguna de esas conclusiones fue una decisión. Fueron lo que un niño dedujo con la información que tenía. Y funcionaron: te dieron el afecto que necesitabas entonces.

El problema es que ese acuerdo sigue vigente hoy. Sigues pagando una cuota por un seguro que contrataste a los seis años.

Esto no es un defecto tuyo: es un patrón, y funciona igual que cualquier otro patrón que repites sin querer.

«Pero a mí me da bastante igual lo que piensen»

Puede que estés leyendo esto y pienses que no va contigo. Que tú vas a tu aire y que no le das explicaciones a nadie.

Mira entonces hacia el otro lado.

Hay quien busca aprobación agradando. Y hay quien la busca al revés: llevando la contraria, marcando distancia, siendo el que no necesita a nadie. Si tienes que demostrar continuamente que no te importa, es que te importa. Quien de verdad no está pendiente de la opinión ajena, no necesita anunciarlo.

Son dos caras del mismo mecanismo. Una pide permiso; la otra pide permiso para no pedirlo.

Y hay una tercera, más difícil de ver: la de quien no busca aprobación en personas, sino en resultados. Facturar más. Entrenar más. Llegar más lejos. Si cuando bajas el ritmo aparece una sensación de que vales menos, no estabas persiguiendo un objetivo. Estabas comprando permiso para descansar.

Lo que te está costando

La necesidad de aprobación no se nota de golpe. Se nota en la suma.

En tus decisiones. Elegiste la carrera que tocaba, el trabajo que daba tranquilidad, la casa que parecía sensata. Ninguna decisión fue un error. Pero si las juntas todas, has construido una vida que contenta a gente que ni siquiera está pendiente.

En tus relaciones. Esto es lo que más duele cuando se entiende: la persona que tienes delante no se está relacionando contigo. Se relaciona con la versión de ti que le presentas. Y luego te sientes solo en una relación donde hay alguien. Claro que te sientes solo: no estás tú.

En tu salud. El cuerpo lleva la cuenta de todos los noes que no dijiste. La mandíbula, el estómago, el sueño, el cansancio que no se arregla durmiendo.

En tu dinero. Cobrar poco también es pedir permiso. Es decir, sin decirlo: «espero no molestar con lo que valgo».

Cómo empezar a soltarlo

No te voy a decir que dejes de necesitar a los demás. Eso ni es posible ni es sano. Lo que se puede cambiar es el precio que pagas por pertenecer.

1. Averigua a quién le estás pidiendo permiso de verdad. Piensa en la última vez que no dijiste lo que pensabas. ¿Quién estaba delante? Ahora la pregunta importante: ¿a quién te recuerda esa persona? Casi nunca es el jefe. Es alguien de hace treinta años con la cara del jefe.

2. Cuenta los síes. Durante una semana, anota cada vez que dices que sí queriendo decir que no. Solo contar, sin cambiar nada. El número te va a incomodar, y esa incomodidad es el principio.

3. Separa el gusto del permiso. Antes de cada sí, una sola pregunta: «¿esto lo hago porque quiero, o para que no se enfade?». Ser generoso está bien. Comprar tranquilidad disfrazándola de generosidad, no.

4. Practica donde no duele. No empieces por la conversación grande con tu padre. Empieza por devolver un café mal hecho, por decir que esa serie no te gustó, por no contestar un mensaje al segundo. Son ensayos. Le estás enseñando a tu sistema nervioso que se puede desagradar a alguien y seguir vivo.

5. Trabaja también donde vive el patrón. Aquí es donde se queda la mayoría. Haces los cuatro pasos con la cabeza, aguantas dos semanas, y a la primera situación de verdad vuelves a plegarte. Pasa porque la necesidad de aprobación no vive en la parte que razona: vive en la que reacciona antes de que tú llegues. Por eso en mi trabajo no nos quedamos en entenderlo: tocamos la emoción asociada, la imagen interna y la creencia que lo sostiene, con hipnomeditación, visualización guiada y reprogramación de creencias. Es la diferencia entre saber que no deberías pedir permiso y dejar de pedirlo.

Lo que aprendí de mi propia necesidad de aprobación

Durante años funcioné en piloto automático, cumpliendo con todo lo que se suponía que tenía que hacer, mientras por dentro algo se iba apagando.

Pasé más de siete años en el mundo del multinivel y me sabía la teoría entera. Podía explicarte cualquier concepto de mentalidad. Y seguía decidiendo desde el mismo sitio: desde el miedo a no ser suficiente y la necesidad de demostrar.

Eso es necesidad de aprobación, aunque entonces yo lo llamaba ambición.

Tuvo que morirse mi padre para que dejara de aplazar mi vida. Y lo que cambió las cosas no fue entenderlo mejor. Fue trabajar el patrón.

De ahí salió SIRCS, el método con el que hoy acompaño a personas cansadas de entenderse y seguir igual.

Una última cosa

Soltar la necesidad de aprobación no te convierte en alguien frío. Es justo al revés.

Cuando dejas de administrar la imagen que das, la gente empieza a tratar contigo y no con tu personaje. Algunos se alejarán: eran los que estaban cómodos con la versión que no molestaba. Los que se queden te van a conocer de verdad, probablemente por primera vez.

Y eso no se parece en nada a la soledad que conocías.

Si quieres dar el siguiente paso

  • Si quieres hacerlo en grupo, con un proceso de 8 semanas acompañado: Desactiva el Patrón.
  • Si prefieres trabajarlo en privado, 1:1: Sesiones privadas.
  • Si aún no lo tienes claro y quieres empezar gratis: únete a mi canal de WhatsApp, donde comparto cada día una reflexión y un ejercicio práctico.

Porque cuando dejas de pedir permiso, empiezas a decidir.


Este contenido es de carácter educativo y de desarrollo personal. No sustituye la atención psicológica o médica. Si estás atravesando un problema de salud mental, consulta con un profesional sanitario.